Largo letargo el del Saurio ésta vez,debe ser que con la edad esos periodos se alargan...
Me sugiere éste post una amiga
sueca que me dice que a ella no le habían contado ésta historieta en el
Colegio. No me extraña, pues; salvo en España, los desastres suelen obviarse en
la lecciones de Historia.
Si, mi amiga Gisselle desconocía
que tiempo atrás los españoles nos las “tuvimos tiesas” con los suecos, imagino
que muchos estudiantes españoles tampoco sabrán de ello; si es que saben dónde
está Suecia y no la confunden con Suiza.
Pues bien. Los estadounidenses
tuvieron su épica batalla durante la Guerra de Vietnam en aquella conquista de
la Colina 937 en el Valle de Ashau, de la que hicieron su correspondiente
película y a la que llamaron “La Colina de la Hamburguesa” por la carnicería
que sufrieron y que se elevó a la friolera de…...72 muertos en diez días, víctimas
de las ametralladoras norvietnamitas (y de algunas propias).
Ciertamente el número de
fallecidos no influye en la épica (de eso sabemos los españoles, que siempre
hemos sido pocos) pero si nos da idea de la magnitud del combate o del
desastre.
Pues bien. Nosotros también
tenemos nuestra colina, a la que deberíamos llamar “De la Hamburguesería” ya
que dejamos allí unos dos mil difuntos. Claro que antes de montarse en la barca
de Caronte se llevaron con ellos a seis mil suecos y sajones. En dos días y sin
armas automáticas. Eso sí que es una
carnicería, pero a escala industrial.
La colina se llama Albuch y la
batalla se dio cerca de la bellísima ciudad bávara de Nordlingen.
El rey sueco Gustavo II Adolfo
(llamado El León del Norte) llevaba a cabo una política expansiva hacia sus
vecinos: Había derrotado a los daneses y le había arrancado territorios a la
mismísima Rusia, privándola de la salida al Báltico. Pretendió hacer lo mismo
con los polacos para hacer de él una especie de “mar interior” sueco y fue
ocupando parte de su territorio. Para ello contaba con un ejército disciplinado
y con abundante caballería armada con pistolas y carabinas que actuaba en
coordinación con una infantería dotada con armas de fuego modernas y que
disparaba por descargas cerradas de tres filas creando con cada una de ellas un
auténtico mazazo de plomo.
Espoleado por esa sucesión de
victorias se fue “tragando” Sajonia y toda la parte Éste de Alemania (la parte
protestante), hasta que llegó a la católica Baviera y al rio Elba. Y ahí, como
se dice popularmente “con la Iglesia henos topado” y es esos tiempos La Iglesia
era defendida por el Sacro Imperio Romano-Germánico o hispano-alemán.
Mientras los suecos estuvieron en
sus enredos nórdicos, a los españoles nos importó un pimiento, que son tierras
gélidas y que entre ellos se las apañen. Pero encajarse en el mismo corazón de
la Alemania católica era hacer peligrar el Camino Español, por el que
transitaban nuestras tropas y suministros desde Milan a Holanda. Además
extendía y apoyaba la rebelión protestante en éstas provincias.
En 1632 los suecos ocupan Munich
(y suponemos que se beberían su cerveza). Aquello era intolerable. Felipe IV le encargó a su hermano (el Cardenal-Infante
Fernando de Austria) que formase un ejército en Milán tomando como base los
“Tercios Viejos” (soldados españoles
experimentados), para que cruzase los Alpes y fuese liberando las plazas
fuertes tomadas por los rebeldes. La columna se iría engrosando con los
regimientos españoles que encontrasen por el camino.
Así
llegaron hasta Nordlingen en el Norte de Baviera unos veinte mil imperiales de
infantería con unos diez mil de caballería y treinta pesados cañones. Dentro de
la ciudad unos cinco mil luteranos se habían declarado contra el Emperador y
cerrado la cuidad, por lo que disponen a asediarla.
No dio
tiempo. Todo el ejército sueco comandado por el mejor de sus oficiales, el
general Horn se encontraba próximo. Éste Horn era un tipo enérgico pero
petulante y mal informado que creía que los que iban a sitiar la ciudad eran
solo los cinco mil españoles (“desharrapados soldados” según él les llamaba)
del fallecido Duque de Feria, y ahora al mando del Marqués de Leganés.
Era
cierto que allí estaban. Pero no solos, sino acompañados de los Tercios de
Fuenclara ,Sicilia y Sagunto, los napolitanos de Gambacorta y las tropas
imperiales comandadas por el austriaco Matthias Gallas y el italiano
Piccolomini que inmediatamente toman posiciones en las colinas que rodean la
ciudad como puntos fuertes, la principal la de Albuch.
Defendida
por los germanos e italianos sufren el impacto brutal de los suecos. En la
noche del 6 de Septiembre y combatiendo entre sombras, son desalojados de la
posición.
Estaba
claro que había que recuperarla y se organiza la fuerza. Dos regimientos
alemanes en primera línea apoyados por el Tercio italiano de Toralto y detrás
el Tercio español del guipuzcoano Martín de Idiáquez. Cuando los suecos los ven
avanzar les lanzan en tromba la caballería que descompone las primeras filas, pero
los de Toralto aguantan hasta que llega la caballería imperial para
contrarrestar la carga.
Los
suecos lanzan sobre ellos al Regimiento Amarillo con su caballería pesada, pero
El Tercio de Toralto aguantó la embestida de nuevo y los españoles de Idiáquez
marchan en cuadro colina arriba como una apisonadora tragando plomo y saliva, empujando
a los enemigos por la ladera opuesta hacia abajo.
El
general Horn lo considera una afrenta personal y ordena recuperar Albuch a toda
costa. Los suecos intentan el ascenso, pero los españoles se burlaban de ellos
con una táctica para la que había que “tenerlos bien puestos”: los mosqueteros
disparaban por turnos, mientras que los suecos disparaban con sus tres filas a
la vez, cuando los españoles veían el chispazo en la cazoleta del mosquete se
agachaban de forma sincronizada y esquivaban las balas; algunos después de esto
se bajaban los pantalones y les enseñaban el culo. Debían ser unos cachondos
con nervios de acero y con más atributos que el caballo de Espartero para hacer
esto a 50 metros del enemigo. Mientras todos los suecos debían recargar (cosa
que llevaba su tiempo) los españoles tenían tiempo de apuntar y hacer blanco de
forma continua.
Los
nórdicos son perseverantes y “cuadriculados” incapaces de cambiar de táctica y
lo intentan de nuevo, dos, tres, cuatro y cinco veces. Y más: hasta quince
veces. Contra un muro se daban.
Los
suecos y sajones se van agotando paulatinamente, pero lo peor llegó cuando lo
que se agotó fue la paciencia de los Tercios. Cansados de aguantar decidieron
pasar a la acción.Y si subieron como una apisonadora, se lanzaron colina abajo
como si fueran un tsunami (cargando como
siempre en silencio) desbandando al enemigo que corría en todas direcciones
acosado por la terrible y despiadada caballería ligera croata que fue dando cuenta de ellos.
El
propio general Horn fue capturado por los “desarrapados” (permaneció prisionero
ocho años) y los que quedaron se retiraron hacia Heilbronn. Desde allí poco a
poco fueron arrinconados en el Norte de Alemania y expulsados del Imperio.
La fama
de invencibilidad del Ejercito Sueco se había quebrado. Ahora deberíamos vernos
las caras con una nación católica gobernada por un Cardenal: Francia y
Richelieu.
Pero
ésto ya es otra historia.

